Seward a L’Auditori 2, 1/3/2014

Concert de Seward a L’Auditori 2, l’1 de març de 2014, tot presentant el seu disc Home Was A Chapter Twenty Six dins el Festival del Mil·leni.

Adriano Galante: veu, guitarres, banjo i electrònica / Jordi Matas: guitarres / Juan Rodríguez Berbin: bateria i percussions / Martín Leiton: baix elèctric i contrabaix / Pablo Schvarzman: guitarres i electrònica

Sota les fotos trobareu la magnífica crònica que en va fer el Marcel·lí Bayer

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SEWARd en el Auditori o la crónica de un concierto perfecto

Muchísimas ganas tenía ayer por la noche de ver a Seward en directo de nuevo, esta vez presentando las canciones de su nuevo disco “Home was a chapter twenty six”.

Canciones que el pasado 27 de enero, y bajo el seudónimo de “los innombrables”, pude “catar desde dentro” con ellos en una WTF jam session del jamboree a la que me invitaron a colaborar. Sin previo ensayo ni instrucción, como casi siempre que he tocado con ellos. Sencillamente subir al escenario, encarar el saxo al micro y tocar encima de su música. Igual que aquel ya lejano 25 de febrero de 2012 cuando mi entonces nuevo amigo Martín Leiton me invitó a tocar con el grupo en un concierto en el Heliogábal de Gràcia. No me explicaron nada sobre la música, ni ensayamos. Sencillamente me presenté con el saxo barítono, probamos sonido durante 5 minutos y me dijeron: “tras tal tema, apareces desde el fondo y te unes”. Acto seguido nos fuimos a cenar, regresamos al Heliogábal y nos abrazamos fuertemente frente a la puerta, perdiendo la noción del tiempo, antes de entrar en el lugar y dejar que la música sucediera. Ese abrazo me dejó descolocado. En silencio, todos, respirando y conectando las almas a nivel profundo. No había sentido jamás algo así antes de un concierto y encima con unos músicos que ni conocía!

Ayer, en el Auditori, me acordé de ese abrazo. Después de un primer tema acústico, con la sola luz de unas lamparitas en el borde del escenario y cantando a pelo para toda la sala, iniciaron el set “eléctrico”. Y que manera de empezar. Una suave intro, primer redoble de Juan y un pedazo de golpe de toda la banda que te vuela la cabeza. El efecto de abrazarse intensamente antes de tocar, causa y efecto van cogidos de la mano.

A partir de aquí, un concierto increíble, que desafía toda estructura convencional. Sin presentaciones innecesarias entre temas, con dinámicas y tempos vivos todo el rato, y con un Adriano estelar en el último tercio del set, dando un paso al frente y saliéndose de una mezcla sonora que hasta el momento había sido más coral que otra cosa y provocando una catarsis en la sala como nunca había visto antes.
Adriano bailando con el cartel del festival del mil·leni y tirándolo al suelo como un punk de los de antes, bajándose del escenario y caminando entre las butacas de platea, sentándose, levantándose de nuevo, saliendo de la sala y subiendo al primer piso hasta terminar cantando de pie para todos nosotros desde la punta del patio de butacas. Regalándonos su dejarse llevar, su conexión con el resto de una banda que le seguían desde el escenario, desde la otra punta de la sala.

Poco antes o poco después, no me acuerdo bien, el mismo Adriano se levanta y abraza uno por uno a los músicos del grupo, encarando el micrófono a sus corazones y espaldas, fundiendo la pulsación vital con la de una música imparable.

Poco antes o después, escuchamos, en una intro, la voz de Borges sampleada. Y Martín abre un libro suyo y lee al unísono.

Temas enlazados, Pablo tirando samplers deliciosos para hacer transiciones mágicas, Machín, los cantos mongoles, los niños que juegan.

Juan jugando a ser niño con sus accesorios que nunca terminan, con su manera tan hipnótica de tocar la batería, liderando junto a Adriano la energía de cada momento.

Jordi con sus riffs imprescindibles, acoplando a Adriano y a Pablo, y fusionando a toda la banda.

Y esas canciones, y esas dinámicas. Y esa voz. Y ese sonido. Cómo sonaba el bombo, la caja, el contrabajo, los amplis, el banjo, uff.

Salimos de la sala con cara y cuerpo de haberlo pasado realmente bien. Dos horas de conexión, de tu cabeza que va de un lado a otro cuando escucha esa música. De reflexionar sobre tu propia vida y tu propia manera de hacer las cosas. De sentirte afortunado por haber podido poner una banda así en tu existencia. De cerrar los ojos y dejar flotar tu cuerpo entre todos aquellos sonidos. De reír y de llorar.

Seward es una experiencia vital que hay que ver en directo y ayer parieron un concierto redondo. Si no los conocen, ya están tardando. Si los han visto en directo y no han conectado con ellos, inténtenlo de nuevo hasta encontrarles. Una vez entran en tu vida, ya nada vuelve a ser igual. Y eso merece mucho la pena.

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